Enigma #2

Con una realidad distorsionada, una pasión exaltada y un verso en la garganta, salió, sin mayor esfuerzo de aquel poeta enamorado de su propia sombra, el suspiro más arrebatador y estruendoso que el mundo haya podido escuchar. Las aves volaron, agitadas, ante la fuerza de aquel hombre decidido por fin a destrozar los fantasmas que le perseguían en la noche. Creía en que él y su sombra aliados, serían invencibles a los estragos de su pasado. Él ya no sabía si aquella sombra era suya, o de la mujer que amó hasta que su locura se desmesuró, sólo sabía que lo que en ella veía era más que cualquier amor, era más que una simple obseción a la misteriosa entidad que a sus pies vivía atada, era su única y verdadera compañía, siempre con él, siempre a sus pies. Decidido al fin, levantó la cabeza y miró la noche, sintió penetrar en su pupila hasta la última gota de belleza de la Luna que esa noche adornaba, y así, caminó hasta lo más profundo de aquel bosque frondoso con el que él tantas noches había soñado. Creía conocerlo por completo, y después de caminar sin rumbo y sin sentido, descubrió que su mente había jugado con él, el bosque era otro, se encontraba perdido en un abismo de soledad que ni en sus peores pesadillas pudo imaginar. Buscó a su sombra, ni siquiera ella lo pudo acompañar a un lugar tan recóndito, la Luna se había burlado de él, prometió acompañarle y lo dejó a su suerte en la inmensidad de aquel extraño bosque. El poeta lo había perdido todo, perdió al amor, perdió su vocación, perdió a su amada y siempre fiel sombra, y fue ahí que se perdió a si mismo. Loco, una vez más, y más solo que nunca. Maldijo a todo aquello que él amó, torturó su corazón y su alma hasta que la misma buscando salir de ese cuerpo enfermo, lo engañó. Hizo que golpeara su cabeza contra el suelo a carcajadas hasta quedar deshecha, el alma salió libre y corrió hacia la Luna, la abrazó y en llanto le pidió jamás volver al mundo mortal. El verdadero poeta se hacía cómplice de la Luna al ceder su figura humana y transformándose en estrella. El poeta manda sus versos a aquellos que la pueden ver en las noches, los poseé y los convierte en quien él siempre quizo ser. Les otorga el don de resplandecer y los envuelve en su luz. En el bosque, celosos los árboles imitan la última carcajada de aquel hombre atormentado, esperando que algún día, la Luna también se apiade de ellos.